Yo.
Ese era el nombre subjetivo de tu presente,
cuando se apiñaba en mis brazos,
y despedazaba el amanecer.
Yo te amaba, sin prejuicios latentes,
errabundeaba los días,
lejos de las divinidades
volvía a mecerme en tus pupilas
y el resfriado me traicionaba los ojos.

Volaba en el fétido viento de invierno
tu despertar morado,
tras las hendijas de la persiana plástica,
el respirar inconsciente en algún sueño,
la promesa de ser el destino más rebelde
y los días expiraban sin tener ni un mísero ademán de adiós.

Me amaste sin quererme,
y al caer el antifaz, me viste desnuda,
éramos sólo yo y mi cuerpo ajetreado.

Una fantasía a la musa del antojo,
cuando pretendí gastarte.
Se agrietaba el labio congelado de ausencia,
repetía mi memoria:
no deberías ser yo,
este amor,
ese amor,
aquel amor.

Se mareaba en la distancia al intentar rememorarlo,
porque la hora del olvido, no era más que ésta.
Lejos de mi sendero,
has desanudado el misterio,
este misterio,
ese misterio,
aquel amor.

Los cuervos se acercan a mi cadáver;
parte de desplazar la cornisa, es ahora, retenerte.

Partiendo del Indicativo,
pasarías a ser otra cosa amorfa,
encadenada al subjuntivo,
pero si pudiera, realmente te amaría.

No.
Esa no debería ser yo.
Te amé, acaso en ese momento,
al confundirte en sus palabras,
cual palomas mensajeras me alumbraban noticias
y él, se extirpaba los ojos cada viernes,
sólo porque yo,
yo, no debería serlo.
Y de manera insólita venían los tiempos,
acá, estábamos vos y mi soledad,
allá, la no persona de una ausencia.

Y yo ni deseaba que estuviera aquí.
Se subastan los pronombres,
deberías repetir de tu amor,
para que no decline lo pasado:
Yo te amo, cada tres segundos,
son, veinte veces al minuto,
mil doscientas veces por hora,
veinte mil ochocientas veces al día,
y nunca sería pretérito.

Moriríamos de hambre,
las pulsiones se esconderían en la falda del yo,
todo sería sensato y preclaro.
¡Necio sentimiento!
Dejaste en el Nóstos de la cruenta vida
al hombre que me ha enseñado que lo era.

No hay garantes de sequía,
se ha despilfarrado el ego
y la deixis inédita de un avaro amor.

Simbólicamente, el amor cortés te desciende a vasallo,
mientras Romeo, mudo y afeminado,
me sacude con un mensaje de texto.
Encadeno a la libido en el puente que da a Victoria,
(no merezco engalanarme con Virgilio)
cuento morfemas donde aún estás mostrándome las manos
y le digo neurosis,
a la plausible necesidad de espiar tu corazón.

Hipótesis:
Asertivo ausente.
Todo lo que llega en día viernes
muere sin dejar legado alguno.
él, ha llegado en viernes,
luego no me ha dejado legado alguno…
Demostración:
Como si no le bastara caminar sobre mis ojos,
ahora deambula consternado entre mis sueños.
Sólo, retuerce las manos agasajándose con mi mirada,
porque sabe que esta misma noche las sobras de un tropezón
irán a dar justo con el muro que ostenta su nombre.
Complicado satélite que nos espía a ambos,
cargará el cuarto de vestido que usara esa misma noche
y sólo por esta vez se ha colado en los recuerdos.
Onírico suspenso de micrones de segundos,
ha dado el reloj, su giro más funesto.
El devenir de la sabatina causa impresiona.
La herencia se ha desplazado tres casilleros,
a la carrera, va mi dolor tras la avenida
como cada crónica diaria que resucita su intangible presencia.
Es viernes de otro año,
en otro paraíso acongojado que intenta la ingravidez.
Perdida la mano, me arrojo al final.
Es ahora que pende la esperanza sobre mi cuello.
Mañana, me habré caído en sus pestañas.
El bufón acaba de sentarse en plena corte.
Ha exonerado mi necesidad platónica,
últimamente me alcanza con alguna mariposa,
y para comparar,
la venganza eólica me la saca de las manos.
Conclusión:
Tenés razón.
Soy matemáticamente inconsistente.


Me ahoga este domingo.

Dios está distraído y silencioso
contando colillas en la mesa de noche.

Llueven esqueletos sobre los charcos del alma:
soledad, remedios, vicios.

La líquida espera de la noche
para que se caiga de una vez la ausencia
vuelve a cortarme los tobillos
que pesan de frío,
pesan de remordimientos,
de pluviales historias,
montañas muertas del monumento a una sonrisa.

Ni siquiera sé si llueve para calumniarme
o la tristeza me ha pintado el diluvio,
si no fuera así de transparente,
sin vos,
sería mejor tragarme el sol,
que se decanten los hoyuelos de la liturgia,
humedeciendo tus palabras secas,
la amarga sombra en la ochava que renace a diario.

Al menos algo destroza el silencio,
estando con el viento no estoy tan sola,
no me acosan los libros de filosofía sin leer,
no me aterra la sílaba punzante del olvido.

Ni siquiera sé si es domingo,
o me ha echado trampas la hora,
hora de perder la costumbre,
hora de ser en un tiempo, una cosa.

Es mejor que sea domingo y llueva,
que se hunda el cielo en el vidrio de la ventana
que las isoyetas del duelo se lleven la prisa,
que se almidone el recuerdo de infancia
de llorar por la lluvia,
y no llorar por las carabelas hundidas.

Los espejos de cartón se prestan al paisaje,
dicen que es domingo y llueve,
llueve porque no estás,
y es domingo porque tal vez,
mañana vuelvas.


Que queden los grumos del alma
pagados por un relámpago de tu sonrisa
vertida, cable a cable,
derrochada en un par de cuadriláteros.

Vos, al igual que yo,
dudamos del muerto,
nos miramos de lejos,
con pupilas azules igual que el humo que nos cegaba.

Que se pierdan en la palmera freudiana,
vos, tu madre, la mía,
y todos los dialógicos tintes que sobraron de otros besos.

Vos, tan pobre y tan pragmático,
(mirá cómo duelen esos ojazos de aceituna)
y aún con el gato lamiéndome la conciencia.

Llega a la momia de barro,
la ausencia,
tan humilde y sosegada,
el dolor, es condición inherente a tener esas almendras.

Aún encarcelada
aún harapienta y de plantón,
con jazmines en la mano,
lavo el vidrio de tu patio tropezando,
y perdón ¡Perdón!

Me ha quedado la espuma del olvido del último beso,
de esa boca mala que sabía de odios y de amores,
de la venganza a la suerte encamarada en la cruz
que rezaba promesas, que se paseaba desnuda y llorando.

Él, es como la escena de trasnoche,
vuelve, blanco y puntiagudo,
vuelve con esos besos mezquinos,
pero vuelve.

Yo, desde el hilo más débil del alma,
corono la despedida y la pongo linda para que no nos duela.

El caracol emite su sonido sordo.

Él duerme.
Yo, le sigo escribiendo.

A la tangente del destino
se suman diez metros cuadrados.
¿Por qué me suicida la filosofía?
-¡Un momento!- me dice la profesora
- ese papel ya lo dimos.
Yo asiento con los hombros
y todo se vuelve tráfico, humo, reloj.
Aún después del eclipse
y la inaudita manera de desperdigar tu nombre
amarrocarme a tu muerte prematura:
yo, el pasaporte a tu suicidio inherente,
sigo con la misma mímica de quién no sabe adonde ir.
Se caía en tus ojos, el recuadro de la mentira.
Vos me miraste endulzado por Sabina,
y en acto fallido me llamaste quinientas noches.
Alguien más prestaba oídos al secreto,
ese que vos y yo,
tramamos en la luna de mayo.
Incipiente, el destino, nos redobló sin quererlo,
Yo hice de psicoanalista alguna vez,
ante la grave pérdida de la razón,
frente a frente, la crisálida nos engulló,
porque algunas noches nos extrañamos tanto
que fue imposible negarlo sin que se cayeran las pestañas.
Avancé con el complejo manco de un libro sintomatizado
porque Niestzche le daba letras a tu dialógica mentira
y me dijiste, entre varias cosas,
que en mi alma no cabían tus errores
y que el techo al que aspiraba, aunque relleno de lluvia
nunca sería más que el capitalismo incipiente del duelo.
Y la balanza de Zeus que pesaba los hemisferios cerebrales
mientras el debate se acrecentaba en la rivera,
porque mi traición indisoluble vertía la desazón en tus pasos,
una baldosa en la cortada:
querer morir así, cavando hacia adentro de tus ojos.
De manera indómita sucumbía el fracaso
de expiarte en la tarde para que el olvido duela menos
porque mi supuesta locura rebelaba tu trazo indeleble
y en alguna tarde el bisturí tajante me provocaba ausencia.
Vos, supiste de mí, antes de la veda,
para que los traidores plugaran la inverosímil mentira
nos fundimos en una breve misiva.
Estés en donde lo quiera tu dios, o el mío, que necesariamente es de mejor linaje,
la avaricia solventa la insalubre calma
y tus manos, apenas son, unas estocadas en el río.
Hoy, se añade a la paciencia, un gerundio griego,
tan pronto tu mirada, la más cara entre las ofertas,
desembarque de nuevo en mis penas de insolente compañera,
y mi vida, un estropajo, colada junto a los caracoles.
Vendían dentro de unas lunas, una salida inclemente.
una moneda en la sandalia por cada vez que recordara tu nombre
una montaña de aleación al final del día,
el magnetismo animal, que nos revolvió sin sentido,
Vos, tan vos que Madrid se avergüenza de mi léxico,
porque en la misma plaza torera te sangraron las manos
y al nombrarlas anatómicamente,
vi un capítulo del pasado,
insoportable era tu alma
sin el peso mismo de la quietud humana.
Dice el hechizo que nos abandonó en catalán
que alguna vez, fui yo,
el motivo más cierto de la felicidad innata,
cuando me miraste ensimismado en una luz sin filosofía
y haciendo tu dedo de gatillo,
se aproximó a tu garganta desnuda,
sin desembrollar la felicidad.
Yo, destejí tus dedos cada noche, desde octubre,
pisé las marcadas huellas
y vos, enmascarado de lluvia,
me espiaste durante toda aquella noche,
a pesar de la estúpida decisión de perderte.

¿Qué será de vos, Madrid?
huérfana de estos dos muñecos de estambre
que a costillas de saturno
fueron turno a turno a tus orillas.
La juglaría se desangra en las plazas toreras
y vos, Madrid nos esperabas también este año.
Pero los deslindados puentes se abren, Madrid,
él, me ha dicho que soy muy pequeña para su ojal,
que la primavera ha caído en otro mes
y yo, Madrid, me quedé menguando el olvido
con una luna que se mira en el espejo del Paraná.
Vos que me viste desnuda y sonrojada,
fotografiaste nuestras manos entrelazadas bajo la mesa
y pintaste de nubes andaluces esta metáfora
porque vos lo viste pensando en dejarme,
agarrado de la baranda de algún sueño
mientras yo, descuidada y torpe,
dormía, abandonando nuestro amor.
¿Y ahora, Madrid? ¿Qué harías vos para resumir sus ojos?
Si eran como el otoño más certero y filosófico,
montando desnudos, mi cuello.
Ay, Madrid,
preguntale si me ha confinado en una décima de suspiro,
una pulgada de cielo,
un raspón en la vereda.
Él se pasea como si no existiera la angustia,
mis labios secos de invierno, se entrecortan al saberlo
y todo se ha ahogado en el océano de agosto.
Vos sabés Madrid,
que fuimos la onírica dicha de aplazar el dolor
y el diablo, riéndose de nosotros mismos,
expandió su tridente en tu sien derecha.
Ahora, Madrid, te escribo a vos,
a tu santa realeza de ensueño.
Decile del silencio nocturno,
dale,
decíselo.

Corta la medialuna cesante,
que se hagan los rayos, una utopía,
el umbral te queda chico,
lo mismo que yo.

Una vez me decías mentiras:
acuareladas y pulcras mentiras.
Yo miraba tu guiño de inocencia
y te dejaba correr, igual que al río.

Pasadas las noches desterramos esas voces
mientras tus pestañas ardían de sueño
y mandaste a dormir el deseo
porque te quedaba chico,
igual que mi calzado
y el umbral.

Más tarde llegó el otoño
y esos árboles ralos que escupían hojas.
Vos revolviste la bruna y algunas dudas:
te quedaban chicas.

El invierno nos engulló las manos,
las miradas amantes bajo mi manga.
Vos, te sentaste en otra mesa
pues la mía:
sí,
te quedaba chica.

El desatino de los cigarros de Veramujica y Santa Fe,
el café de los muertos,
tu santa madre expiada,
los ojos castañosos y deudores,
nos quedaban chicos.

Entonces te dije del teorema de Laplace,
de la regla de L’ Hopital,
para que el pasillo se ensanchara
y se curaran las neuronas.

Una vez remonté algo de Niestzche
que aterrizaba desde enfrente,
y me apretaste la mano.

Yo deliraba con tu ausencia
por si acaso el dedillo te fruncía
y volvías,
pero para quererme.

Todo mi universo filosofal,
la clara piedra en la frente,
el virus inquieto de tu amor
eran una noche en tu hamaca,
el manto bisiesto de la sandía azul
y el apresto de tu camisa.


Una vez, era una mujer de argumentos,
una lágrima de soslayo
mientras los que me besaban,
no alcanzaban a mudarse.

Pero vos,
como le sucede a los inquilinos,
enmarañaste el destino arrugado
y alcanzaste la luz de neón
que procuraba hipnosis.


Era lo pequeño de la mundana suerte,
que alguna vez, pereció en mis rodillas,
una bicicleta sonriente,
ocho años a los tumbos
y Dios, que te pintaba la sonrisa
para que mi demonio izquierdo se arrodillara.

Uno a la vez,
mis pecados pasados de moda
te muerden la ceja,
y abofetean el estúpido interés por descubrirme.

Penitencio:


Lava en la bacha, mulatona:
mi madre me cortó las alas
y a Juan Ignacio de veintitrés.

El espejo me muestra la membrana,
las calorías enanas de tres décadas de siniestros,
los dedos más largos que los tuyos
y un altar en el oído al maratón de suspiros.

El burrito me mira desde la mesada.

Las entrañas pasean tu desdicha,
y estas maricas razones de nuevo milenio,
de retobarte para ser más cavernícola,
o para que la gruta se parezca al olvido.

Un mate, una mirada,
los pensamientos arribaron una tarde de mayo,
mientras alunizaba en mi mirada de vidriera torpe.

El espejo vuelve a mostrarnos,
señuelos parcos del humor divino,
hacinados van mis pensamientos por la rivera,
y vos, cadete, dormís a la buena del grillo.


No es legal, señor,
que amedrente mis jugadas de antemano.

Revuelva las cláusulas,
usted, ha devenido en noviembre,
el mes de los extraviados,
el año de las paradojas.

No es tan justa esta noche seca,
sin lluvia,
no provoca homogeneidad de sentimientos.

Tire del telón, señor,
y atrape de manera voraz el proverbio.

Recite conmigo:
Nunca te enamores en febrero.

Para que alguna vez el esfuerzo resulte,
una solución de antinomia,
remóntese al cantares
y esté al tanto del zumo de la burocracia,
del anillo blanco después de un verano,
circular duda que encadena mis manos
y previene a sus neuronas
de la filosofía casera.


No van a entender.

Quien iría a entender de los golpes bajos,
de la libertad moderna curtida a garrotazos.
Del almanaque vacío de psicoanálisis.

Quien más sabría,
de las lágrimas ardientes enjuagando la sangre,
del grito morado del juzgado precoz,
del sexo plagiado por un plato de lentejas.

¿A quien acudirá mi llanto?
Si la vida, como regalo siniestro
se apretujó en el vientre,
aún sin saber de las vertientes de los años ralos,
de los siete de sequía o hambruna.

Y los sueños mitigados...

Quien diría que se aventuraron a la soledad,
que cuando nadie más está en casa
se transfieren a los versos
y un cuerpo disecado e inmóvil
se apedrea con ausencia.

Y quien se apiada de la insana mediocridad.
Sin muelles donde anclar,
inconsciente veinte mil horas al día…

¿Y para que la vida?

Si la tristeza levita en los dedos,
aún más allá de la nocturnidad errante
y de la vaga esperanza.

Maldita proclama de femenina puerilidad.

Yo simplemente, quería morir
sin saber del dolor heroico de la vetusta calma,
más allá de la trasnoche.

Anda a que se desarme la bruna en tus dedos,
hoy seremos uno a pesar de la laguna.

Muere al paso de mi canto,
hubiera un héroe arrasado por la mula:
calla a la vena indiscreta.

La mansión desenterrada aminora,
ha parido el corazón en llamas,
vos, sin enterarte de mi ciega charla
me dejaste entre las aguas
y medio cigarro mal quemado.

Había incendiado un muro,
los pastores te llevaban de la barba,
alicaído tu rupestre diálogo me acosaba
y alguna vez el oráculo nos apichonaba.

No era el malevo,
el cuchillazo termal languidecía en el vientre,
seco, inmaduro de algodón,
nada más que un beso adobaba el miedo.

Una vez, en mayo,
prevalecía el café saborizado.
Los peones desgranaban el almíbar
mientras vos y yo,
jugábamos a desintegrar cenizas.

El estéril deseo se apegaba a las bandanas,
una molécula de ausencia era mi río pobre,
y las almas ahogadas se hilvanaban en el ruego:
ex profeso que aquel viernes, equivoqué la cátedra.

Ahora, en el relato malviviente,
cuenta Homero que pensaba en desterrarte,
acumulaba aretés para desmigajar el fracaso,
mientras el número, acurrucado,
me tiraba de las venas.

Debería olvidarme de tus ojos,
esos que aventuradamente me disuelven al alba,
que desgranan mi cordura,
al costo de todo,
me queda la nada.

Repica en la calle, tu pérdida,
tus labios nocturnos,
la caricatura lúgubre de una poesía.

Deja correr el río,
déjalo en paz.

Las cenizas se opacan con la lluvia,
con una tenebrosa sensación de soledad gemela,
el vuelo del seis,
seis,
seis,
una posta más a cumplir de irritación.

La lealtad como mandamiento antes del mar,
los fariseos reencarnados,
Grecia, en la cúspide de mi Olimpo.

Mi Dios
no tiene el tiempo suficiente.

(Si tuviéramos algunos más
que felicidad secreta)

A duras penas le elevo mi rezo,
tal vez, para más tarde.

Él, que todo lo arriba,
debería entrometerse en el péndulo,
amortajar los minutos clandestinos,
vencer la tentación mundana.

Yo tenía dos dedos en su boca prematura.
La ferocidad de vencer el documento,
y apabullar el premio a la más perdida.

Yo amaba que no me amara persistentemente,
aún a costas del sueño.

En el letargo de primavera,
corríamos a vernos,
en la oscuridad,
en la plena luz.

Cuatro minutos antes,
le avisaba de mi destino.

Mi cadáver menosprecia el desvelo,
siempre una hora más,
para saber de su amor encarnado.

Ahora los ángeles enojados me jalan las ideas.

Yo extraño su inaudita pérdida,
desenmascaro novedades en renglones
y costeo arrugadas letras para rememorar la partida.

Ahora bifurcamos el camino.

Él me extraña cada cincuenta horas
y yo resigno la novedad diaria.

Nunca debimos abandonar la era.

Ilumina el enjambre neuronal.
Canta dubitativamente en brazos ajenos,
y acude a la maldición funesta del alma.

El ayer ha deglutido los espejos,
restos de lágrimas en la acera,
un cordón anudado de mala gana.

-Esa no debería ser yo-

La celestina se ha escondido en los callejones
y deja huérfana a la viuda predicada,
unas sobras de insensata mentira,
la falsedad de los títeres de guerra.

Él pasaba las hojas ciegamente,
firmaba contratos de venta de alma,
una cofradía absurda,
la verdadera carrera al fin de la trama.

Mientras el mundo trepanaba las horas,
algunos se acercaban al estrado:
-No cometas errores en diagrama de árbol-
y la hechicera pierde la vil gracia de seducir al hombre.

Signa que ahora se vira en reversa,
que los platos rotos se asemejan al descaro,
el amor,
es una epístola muerta,
tu mitad,
debería incluir mis logros subjetivos.

Pinta en la raya ancestral
una tachón devenido en fracaso,
las manos vacías y las huellas crudas,
el reinicio letal de la parida espera.

Dos plazas siniestras,
unos años y gramos después
aún debo
el sello quebrado del impuesto al duelo.

Capítulo I

“La paradoja”

Siembra la ciudad, la noche nueva,
apenas han sucedido algunos meses;
yo sospecho la cercanía de tu paso
puesto que la luna se cae en el río.

Ahora, los amantes se recluyen,
la antigua Grecia se aferra de las paredes,
mientras mi pequeñez se transparenta
percibo tu mirada refugiada en mi hombro.

Modela el trastorno.

Nadie debería tocar tus manos,
ni peligrar mi cordura rozando tu boca
apenas un escalón debajo.

Nobody
-Say-

Los violines han callado.

La trama es la verdadera excusa de las almas,
rehuye mi garganta de la traición
para que no me queme los ojos.

Vuelve el cántaro a la fuente,
y el velo,
cae sobre las rodillas.

Nobody.

Capítulo segundo

“La realidad”

Seguramente caminás en semicírculos,
y en ningún momento te percatás de la utopía.
Hace algunas horas, deambulo por el callejón,
buscando entre los papeles de la vereda
la excusa que pensás dibujarme más tarde.

Una grieta en la botella,
amenaza con pintarte el vestido.
Los títeres se abrazan para equilibrar,
y la senda de los perdedores atrasa tus altibajos.

Era una vez,
tu beso en mi espalda,
la claridad más certera del amor,
y tus manitos blandas,
la ceremonia cálida del rezago del alma.

El debate se acrecienta,
algunos hombres saben que lo que se rompe
no es sencillo de olvidar.

La niebla ha llegado tarde,
los rombos azules se alisan
y el traidor,
se asemeja al papel tapiz de un cuadro.

Claro que lo pequeño dura poco,
¿Calidad?
Se sabe poco de algunas causas.

Silba en la pendiente para distraer a los muertos,
los minutos cortos, se aletargan bajo la lluvia.

La ausencia es una bendición en reversa,
cae la lágrima bruna,
y sin saberlo,
acabas de perderme.

Capítulo III

“El olvido”

Ahora la melodía suaviza el entorno,
una elipse de recuerdos abofetea la crisálida,
mis mariposas no pueden perderse:
no deberías hacerlo.

Un día atrás,
para desmoronar el perdón,
y saber que la última vez,
el tren se despertó en la cornisa.

Ahora es más filosa la cascada,
rueda,
rueda en ella,
que la corriente deberá tragarte
para enjuagar tu impía ocasión.

Los flechazos esquivan a su majestad,
se pregunta débilmente por las heridas ajenas,
mira el atrio donde ostentaba mis sueños
y comprende que ha llegado la pereza al alma.

Capítulo IV

“Resignación”

Lleva en las alas, la manifiesta dicha,
la diferencia es el amor de a ratos.

El molde se ha caído estrepitosamente,
los huecos de la memoria
crean el vértigo más profundo.

Ahora se te ha hecho más tarde que de costumbre,
la solución es el perdón paulatino,
el orgullo atrapa las manos ciegas
para dejarte un pabellón atrás.

Mira el muro derribado,
de mañana, es sensato que nos duela,
es la llovizna de invierno
que congela las costumbres,
aporrea a la nostalgia
y camina de manos,
sobre el lecho escarchado.

Ahora las pupilas se aletargan,
más allá del recuerdo,
miraba tu alevosía punzante.

No debiste dejarme en la pendiente,
cuatro esquinas por un rato,
dolorosa manía de ruleta.

Suspuse que nadie compraba el destino.

Nobody.

El que lleva la traición de la mano,
la penumbra en el renglón derecho
y la inquieta pasión por un gramo de febrero.

Todos apiñándose en un metro lineal,
las mentiras, que hasta hoy eran verdades,
la desaparición insípida de la persiana vertical
deberían dar más razones,
ahora que el olvido es un hecho.

La trama se complica en la mañana,
la elección, es inminente,
se desborda la cordura a la hora de la paciencia
cuando rozabas mi cuello con tu liviano amor.

Pude verte más allá de los estribos,
unos veinte minutos de calma,
la salubridad naciente de una puesta en escena,
todos, confabulados por un instante.

A la deriva se arrojan unos besos sin dueño,
para que la tristeza se aleje hasta el martes,
un plan desbaratado para aprisionar el alma
y los mitones del dolor,
agazapados en la noche.

La insana manía de resucitar en abril,
el apelotonado grumo de tu ausencia
se aproxima entre tu sonrisa letal
y unos toques de cabellos salpicados con el sol.

Yo te amaba en los pasillos fríos del bar,
en la mañana navideña,
en la oscuridad de junio.

Desenterraba los huesos de tus besos
del primero y del último por igual,
y el ayer se agigantaba día tras día
cuando los trece te aclamaban desde el balcón de mi cordura.

Yo guardaba en las venas, tu mano en mi espalda,
tu mirada clandestina de perfil,
el olvido canjeado por algunas aventuras más
para que mis lágrimas llevaran otro nombre.

Algunas veces me caía en tus ojos
y los tiempos se amontonaban en la puerta,
mientras la lluvia embarraba mi cara,
volvía del olvido en tus brazos.

Mi sueño nítido de morir a tu lado
se desperdició en la vidriera de Alvear,
yo, te cosía mis pautas rebeldes
y aventuraba mi virtud en la muerte del alma
para que amarte
fuera una condición matemáticamente, suficiente
y necesaria.

Purgar la pasada de la vida,
los amigos, como monedas, vuelven la cara,
y el pasado, es más largo que el futuro.

Hoy leí tus líneas amarillas,
unos meses de espejos en la palma de la lengua,
una vida mentira.

El piloto nos protege del destino,
una partida ya perdida,
las lozanas vueltas del caracol que lastima,
y alucinando, te alejas de mis veinticuatro.

Y no puede el amor ser la misma planicie ciega,
donde las madreselvas acudían a mimarme,
tu manos de cartón se aventuran a la calle,
para dejarme plantada en la vereda del infierno,

Yo esperaba que tu amor anocheciera más tarde,
lo inolvidable del caminito repercute en el silencio,
la saciedad de los recuerdos se entrometen en mis lágrimas
para poder decirte que alguna vez me hiciste feliz.

Él no quiere que la primavera le roce la mano,
ni a las mariposas embatatadas reuniéndose en secreto.

Lo más lejano al amor ha sido su bosquejo del alma,
escalas de grises de madrugada fría y memoriosa,
los árboles convidándonos su sombra en el boulevard,
una inquieta censura entre los labios punzantes.

Lejos de mis perspectivas del sueño,
la mentira suplicante nos agasaja.
No ha respondido al eco de mi llanto,
un año más tarde, celebro la ausencia.

La cavidad del pecho reclama el destierro,
hay palabras que deberían ser extraditadas:
dolor, soledad, rezago.

Aún después de la sevillana de la música puesta,
se rayan las ideas en el entrecejo.

Yo tenía una casita de dedos para sus manos,
el silencio mentiroso de escucharle mientras dormía.

Clávate en la pupila, recuerdo de algún paso:
la granja cultiva el barro sin conocerlo,
y yo debo dejar tu paso en la dinastía.

Ahora te olvido, sólo para perderme,
el paso de la letra debería dejarte en Navidad.

La veleta indica que la historia empieza a ser contada.

Nuestro amor baldío se arrodilla en la vereda,
y ni siquiera volteas a mirarlo.

Corta la medialuna cesante,
que se hagan los rayos, una utopía,
el umbral te queda chico,
lo mismo que yo.

Una vez me decías mentiras:
acuareladas y pulcras mentiras.
Yo miraba tu guiño de inocencia
y te dejaba correr, igual que al río.

Pasadas las noches desterramos esas voces
mientras tus pestañas ardían de sueño
y mandaste a dormir el deseo
porque te quedaba chico,
igual que mi calzado
y el umbral.

Más tarde llegó el otoño
y esos árboles ralos que escupían hojas.
Vos revolviste la bruna y algunas dudas:
te quedaban chicas.

El invierno nos engulló las manos,
las miradas amantes bajo mi manga.
Vos, te sentaste en otra mesa
pues la mía:
sí,
te quedaba chica.

El desatino de los cigarros de Veramujica y Santa Fe,
el café de los muertos,
tu santa madre expiada,
los ojos castañosos y deudores,
nos quedaban chicos.

Entonces te dije del teorema de Laplace,
de la regla de L’ Hopital,
para que el pasillo se ensanchara
y se curaran las neuronas.

Una vez remonté algo de Niestzche
que aterrizaba desde enfrente,
y me apretaste la mano.

Yo deliraba con tu ausencia
por si acaso el dedillo te fruncía
y volvías,
pero para quererme.

Todo mi universo filosofal,
la clara piedra en la frente,
el virus inquieto de tu amor
eran una noche en tu hamaca,
el manto bisiesto de la sandía azul
y el apresto de tu camisa.


Una vez, era una mujer de argumentos,
una lágrima de soslayo
mientras los que me besaban,
no alcanzaban a mudarse.

Pero vos,
como le sucede a los inquilinos,
enmarañaste el destino arrugado
y alcanzaste la luz de neón
que procuraba hipnosis.


Era lo pequeño de la mundana suerte,
que alguna vez, pereció en mis rodillas,
una bicicleta sonriente,
ocho años a los tumbos
y Dios, que te pintaba la sonrisa
para que mi demonio izquierdo se arrodillara.

Uno a la vez,
mis pecados pasados de moda
te muerden la ceja,
y abofetean el estúpido interés por descubrirme.

Penitencio:


Lava en la bacha, mulatona:
mi madre me cortó las alas
y a Juan Ignacio de veintitrés.

El espejo me muestra la membrana,
las calorías enanas de tres décadas de siniestros,
los dedos más largos que los tuyos
y un altar en el oído al maratón de suspiros.

El burrito me mira desde la mesada.

Las entrañas pasean tu desdicha,
y estas maricas razones de nuevo milenio,
de retobarte para ser más cavernícola,
o para que la gruta se parezca al olvido.

Un mate, una mirada,
los pensamientos arribaron una tarde de mayo,
mientras alunizaba en mi mirada de vidriera torpe.

El espejo vuelve a mostrarnos,
señuelos parcos del humor divino,
hacinados van mis pensamientos por la rivera,
y vos, cadete, dormís a la buena del grillo.

El error complica la ecuación
y más allá de nuestras manos, estamos solos.
las veredas se acortan cuando cae el sol:
vos, dilucidás la cuenta.

Sólo queremos querernos,
entrelazar el abrazo,
los besos y los pesares,
mas acampada la trastienda,
el pasado nos ata las manos
y pone de cabeza la insana costumbre,
esa de dormir tras tus cortes,
más allá de las palomas.

Yo era de las que no se amarraban
para que la pena se fuera tras la corriente,
más aún, de las piernas en alto
y los no debés, no podés…
Mil veces no debo,
más allá de la nueva distancia
entiendo el olvido,
y empiezo a amarte.

Yo tenía tu espesa cordura en la mano,
una sensata suma de dos que dan números nones
y la insignificante manía de Daniel con los leones.

Era el más negro vértigo en el ombligo,
las alabeadas grietas de lo que no adoptamos
y el dos por dos de ser más amores decentes.

Yo quería que nuestras vidas se aliaran en el paraíso,
el eterno refugio de tu aliento pleno en mi cuello,
más aún tu mano en mi hombro frustrado
y el lunar derecho, eternizando la historia.

Siempre quise ser.

Si era una vez,
no pudimos más que mirarnos.
Yo tenía tu mirada celestial
la cálida presunción de tus manos
el infinito roce que se deslizaba en mi hombro.

Yo tenía la dicha en tu sonrisa.

Algo de vos me sacude el entrecejo:
una palmita de tus celos
que, infantiles, rehuyen de la lucidez,
se ocultan en tu niñez vetusta
en la que la vida te cargó su peso de lleno.

Y éramos los mismos esa vez,
cada cual en su patio de recreo
hilvanando la insignificante pasada de la vida,
con lágrimas de diferente contenido,
con penas para bautizar el dolor.

Una vez, el mismo año,
volvimos a las cinco y treinta
con los botones en los bolsillos,
donde hoy, escondés mi mirada,
y la lluvia en las pestañas.

Yo quería una paloma inerte,
más medallas en la cima,
la barrida ausente de las primeras penas de amor.

Vos, caminabas en tu boulevard,
llevando en el hombro, más libros
y mi pendiente abrazo.

Los dos esperábamos esta era,
para compensar la oscura mancha en el cuaderno,
la cicatriz profunda de abandonar al ángel
y compartir la merienda con la pena.

El escenario nos cargó de aplausos,
entonamos el himno a la misma hora
para sabernos más tarde,
en el minuto largo de la noche.

Vos llevaste mis notas de tinta en la mano,
una colección de números para no volver a perderme
y la risueña sonrisa de Tomás y Ana bostezando.

Hoy, el sendero, me trae algo de vos en la tarde,
una tarea mal redactada,
la pluma adormecida en el pasado
y las figuritas desparramadas por el viento.

Hoy extraño tu inocencia.

Opacada tu figura,
invadimos el mismo metro tras la guerra.

Puedo ver tus ojos rozar mi cuello,
tus manos, tan parecidas a las mías
que confundo el destino y alboroto tus dedos.

Esta estúpida decisión de perderte
me acecha a cada cara de la luna,
mientras mendigo un puñado de silencio
sólo para escuchar tus notas
que, ajenas, se refieren a alguna causa
lejos de mis miedos matutinos.

A través de la vidriera,
los barrotes de sombra te rozan las mejillas
y sólo me conformo con volver a ver tus bolsillos
encorvar tus hombros para empaparme de nostalgia.

Yo te amaba a pesar de la disputa,
de la muerte de la paciencia
y el clan de desabridos cuentos.
Adentrado en mis poros,
renace el suburbio.

Me adelanto a tu partida con la mirada
y vuelve a marearse el alma adentro de mi pecho.

Mil días más en el desierto pálido
para que tus pestañas almidonen el recuerdo
y los pendientes, nos asalten la cara.

Yo renacía en cada choque,
y el desenlace pudo ser mal bebido.

Sólo me quedan algunos huecos de tristeza
y un cuestionario abierto de fantasmas verdaderos
después de cruzar el boulevard.

Que sea tu regreso,
la letra recurrente de la misma canción,
la excusa plena del minuto aciago.

Tres puntas en la misma mesa,
besos errados,
el mazo en tus dedos,
la enrojecida fantasía de despreciar la vida.

Tu piel al viento pleno de cenizas,
sonrisas cómplices,
el angelical coro que rodea el miedo.

Teníamos la vida en la vereda,
la entrada gratis a la compasión,
dos vasos brunos para la sed de palabras.

Formamos la eterna fila a la espera,
mientras Dios reía de los pasos quiméricos.

Hoy estaría lejos de tus ojos
si la verdad desnuda me acompañara
para hacer más leve la pérdida.

Esperamos una vez la diana,
descalzos y amoratados de frío
en la misma esquina.

Los más decentes pernoctaban en el zaguán
de la más incólume falla.

Yo te amaba cada día menos
para desterrarte del alma ciega.
Ponía mariposas en tus dedos de trasnoche
y asediaba tu puerta menguante de madrugada.

Hoy, en brazos del olvido,
comunico mi insistente falta
y profano tu mirada, luego de algunos pases.

Hoy te extraño tanto que se me agrieta la memoria
en busca de algún capítulo potable.

Cuenta la vuelta que el amor,
ese descarado amigo del insomnio,
aterrizó una mañana de Noviembre.

Por ser taimada y mujer
le estreché la mano venosa.

Los de adelante nos ignoraron
y la cuenta regresiva, comenzó.

Cuentan tus ojos que los celos
atravesaron a dentelladas el alma.

Perdida la mano de madrugada
volvimos a querernos por si acaso.

Una multitud acecha el ensueño,
mudas tus razones a pocos metros
ya con dueños, luego del eclipse
pretendimos ignorarnos otra vez.

Yo calumniaba nuestra historia,
insípida y vanidosa razón.

Cada quince, las miradas se estrellaban
y sin embargo, aún éramos los mismos.

Al pulir algunas noches
me llenaba de vacío.

Mi nombre en tu boca callada,
la gravedad de arrinconar la tangente
cuando alguna vez, quisimos lo mismo.

Yo era el paso alborotado de una paloma,
una catarata turbia de pretéritos clandestinos,
treinta y siete amores tumultuosos.

Vos, en la mera ausencia,
me olvidabas cuando cantaba el gallo,
cruzabas la avenida endiablando los bolsillos
y ambos, retozábamos la orilla de otra vida.

Yo transito la orilla ajena
de tus pestañas crudas,
irrumpo insolente en tus ojos
y cicatrizo el olvido de Noviembre.

La misma vereda condena el rezago,
un beso de tu boca puede más
que cien ausencias letales.

Rescato del alba los fantasmas perdidos,
tu mirada abierta en la vidriera
y el alma en los tobillos.

A la par de la invencible necesidad
volvemos a chocar en la vereda
y esto que debía ser amor
se mece en una silla en el purgatorio.

El desafío culmina como recompensa,
algo mas que olvido añeja el aire
mientras se caen las luces de los árboles.

Decís que el invierno tiene mi sello,
el aroma cautivador del próximo encuentro,
nuestras manos enlazadas bajo la mesa.

Decís que la nostalgia es un país absurdo,
una clandestina forma de amarrarnos al credo,
la estúpida dicha de alegrarnos en la muerte.

Yo miro tu escalera al cielo,
palpito arraigada a tu mismo camino.

El ángel de los bolsillos, vuelve.

Otra vez, mayo, se asoma en el río,
menosprecio la visa al destierro
y descubro el nido del destino.

Yo quería saber tu nombre.

Y allá se quedan mis manos,
la sombría humedad de la soledad,
retratando en el espejo
tu rostro a la deriva, sin el mío.

Apenas han sido algunas castañas,
un brindis tirado en el cordón,
de salpicadas grutas,
de barros del corazón latente.

Un suspiro el túnel grisáceo,
pares de hombros que cargan las mulas
unos besos ásperos de invierno
por una hitaza de tu borde aniñado.

Repelente del nudo de corbata,
de los zapatos negros
y las penas de divorcio,
tu voz, sin rayas, se asemeja al río.

Alpaca de siniestra conjetura
-una impúdica verdad-
por tenerte un minuto más antes de las sombras
para que el foso se espere mas de cien días.

Amén a Santa Clara en tus labios,
nueve días de desdén sin renombre
desnuda en la mano del viento,
ebria de delirios consigo buscarte,
para que sean cuatro décimas más
del respiro y sin mirarte,
cuando ya te has ido.

Vos


Serenas iluminan la guarida,
notas de cuerdas válidas,
se acercan más que suaves
y seducen mis razones.

Una semana después,
célula inherente a la sangre,
infinita distancia,
deber de incinerar mis ganas,
y vos, vos lejos.

Guardando en cada estante, una lágrima,
el coloquial surtido de propuestas,
una palabra para la madrugada.

Tu abrazo, pernocta en mis huesos,
en mi grado de tardía lucidez,
en cada pedazo de vida
que por honor, no transitaremos juntos,

A unas cuantas millas, mi necedad,
la certera desnudez del alma
una pestaña resguardada del susto,
necesitarte más que a los vicios.

Muévase el amor del lugar,
no cabe en el destierro de la congoja,
tus besos, nítidos y verdaderos,
apuñalan la espesura de la soledad.

Otra vez estoy tramando amarte.

Dejá vú.

Yo amaba su retozar ladeado
en las baldosas rotas del boulevard,
la pálida humillación de encontrarme
aún a sabiendas del muro de barro.

Amaba el léxico humilde de su primera Rayuela,
la diadema de viento alborotado en su pelo,
la cíclica manía de encasillar la mirada.

Dormida evidencia a los pies de su cama,
bajo su brazo, el diario de ayer
y la tristeza…

Con alta sobredosis de esmero
arrojó mi cordura más allá de las boyas.
Destrozó mi puerilidad absurda
y rasguñó la palidez del alma.

Yo desdibujé los sueños,
la trastienda endemoniada del olvido,
la serenata tardía del movimiento insulso.

Pedaleaba en la vereda,
alunizada en cada mañana cruel,
en cada brote de setiembre que sucumbía en los ojos.

A las dos, volvíamos a vernos.

La pubertad amenazaba la cordura
y raspábamos la garganta antes de empezar.

Yo pensaba que el amor,
era una cuneta gris al olvido.

Su incesante ardid resplandeció en mis runas
y uno a uno fui desterrando los miedos.

Hoy miro su caminata desdichada y vetusta
alejarse de mi sendero,
aunque bebamos del mismo vaso.

Pero la recompensa pernocta en mis huesos.

Dos besos más para que sobreviva el legado.

Vos y yo, necesitamos unos gramos más de paciencia.

Célebre noche a la muerte súbita
de algunas ideas entrometidas.

Tres eslabones,
un peregrino extraviado en la oscuridad,
cuarentena del amor estéril.

Me ha quedado,
la mirada caída en una plaza,
la desdicha como la más innata escultura,
ya nunca vuelven tus sueños,
perdidos en una subasta
alguien más se los lleva de oferta
y yo me quedo pegada a la vidriera.

Y el canto de mil ángeles
que suspiran:
¡Aleluya!
Aleluya,
¿Aleluya?
a la par de mis miedos
de la paródica alegría
de una pena más que se acomoda en mi terraza.
Por un beso,
que posado tiernamente en mi mejilla
cercenó la mitad ciega que formábamos a dúo.

Y los héroes militaron en el pasillo,
un reinado absurdo,
la similitud de los caminos pardos,
una infancia acongojada.

Una vez, fuimos la vida misma.

Parpadea en mi clavícula
la frazada de tu ausencia.

Hoy no somos uno,
ni tres cuartos,
ni las partes mismas de la mentira.

Y claro.

Que se iban a esfumar las lágrimas a medio año,
a medio evo, a media camada de deseo.

Y yo le miraría cual navidad,
envidiando sus ojos negros,
anhelando sus manos de pan.

Miraría tu espalda de ensueños
y resucitaría esperanzas
aunque efímeras y trastocadas
vería tus pestañas en cada estación.

Arrecia la sequía de lágrimas,
nadie más que yo resiste la velada:
esperanzada en la gruta,
una colonia, a minutos del olvido.

Él sospecha que mis silencios son esculturas de miedo,
que a veces digo lejos lo que pienso,
que hoy sacrifico mis almendras
y mañana corro en su búsqueda.

Él sabe que las mañanas no deberían pertenecernos,
que equivocamos el tiempo y las nupcias,
que a veces el amor es una golondrina
y la vida misma le pone lazos.

Caminamos a la par de los espejos,
las horas se cuelan en la ventana
y en algún lugar un vudú se enfría en la calma.

A veces fuimos un recuerdo,
algunos besos de trasnoche, rasgando el velo,
su nombre en la boca de los celos.

Yo tenía un dueño,
un semidiós amarillento de tres años de olvido,
un altivo y perlado veintidós de alcohol
y la manía crujiente de abrojarme a los cuentos de amor.

Fuimos una estela incrédula alguna vez.

Si Dios me dejaba, me alimentaba de sus manos,
ponía mi cabeza en su regazo y simulaba ser un alma nueva.

Cualquiera podía traerme su enero,
un año nuevo en sus labios,
los ojos de mayo que solían destellar en la vereda de enfrente.

Los permisos no eran de cobre,
la imantada sensación de aparentar desdicha,
mientras él hervía el agua, una y otra vez.

Yo crecí más de diez años en una cuadra,
la innata costumbre de desmoronar la cordura
enfrentar mis peces y salirme del río,
sólo para ver.

El parche de su amor me dio destino,
reubiqué las piezas de la tristeza
y me abalancé sobre la soledad.

Vacaciones a la marea.

El mundo revive de fastidio,
yo le escribo algo que no sirve,
y sigo diciendo menos de lo que pienso.

El portal a la lúgubre falta empieza a desenterrarse.
Y esa puta soledad.

Todavía me río de sus sermones,
de los ángeles enfadados en el túnel del engaño,
de cada pedazo de partitura al borde del piano.

Él tiene la virtud de sepultar tibio lo que más duele,
planea caminos vírgenes o cruza la calle a pie.

Y apenas empezamos a amarnos.

El amor sin alma cae.
Prematura fruta del olvido,
algunos sueños retobados como mariposas.

El silencio entre los labios,
la cruda manía de hacerte mío,
una venganza insolada y paupérrima.

Tres pasos a sus ojos.

La cordial desdicha que anida en mi pecho
como un as tajante y desvergonzado:
se vuelven a caer tus semillas.

Deslumbrada mirada de antaño,
morir una vez más para aclamarte
la pálida excusa de entender de los miedos,
de aleccionar el perdón matutino
una vez, cuando desmayamos la paciencia.

Sabia cumbre que une nuestro lapso,
el momento infiel de la cálida pérdida,
una palabra de menos,
unos besos demás.

Sin saber que hacer con tus miedos
les invito a la lumbre en el frío.

Subo una vuelta más a tus brazos
y pretendo saber que pasó con eso que fuimos.

La ensalada angelical de la noche.

Esta necesidad de verte,
me está parando de manos.

El alma miente.

Los eslabones enredados,
la hipocresía inaudita de las gárgolas,
un ademán de compromiso.

La lluvia cae.

Tu paso enroscado en el mío,
los ojos largos y taciturnos,
la mañana agrietada por el duelo.

Los nombres se esfuman.

Un desierto anochecido y seco,
la pista al hielo de la verdad,
el amor como semilla de antojo.

La noche aterriza.

Un desolado cuento de veredas pares,
una ancestral traición barata,
el esputo griego de las noticias caras.

La historia termina.

De raudos gastos menores,
de enemigos que te abrazan,
de más miedos que aventura.

Bienvenido sea el destino.

Yo sé que estás ahí,
en la grieta azulada que desgrana miel,
en la luna púrpura de enero,
entre tus ojos,
y los míos.

Sé que estás en reversa,
mezclando tus dioses en el infierno,
por lo que creés poder decirme,
y lo que silencia el alma.

Sé que estás en la sonrisa deshojadora
y el deseo de oír tus notas,
en tus pestañas teñidas de almendras
y el lunar desubicado.

Estás en las noches largas,
en los ruidos urbanos,
en las danzas monosentimentales
y las líneas desconfiguradas.

Yo sé que estás en cada renglón de mi vida,
en mis epitafios tristes a la hora de desmerecerte,
de pedirte perdón por ser alada y fugarme,
en el génesis y el Apocalipsis.

Estás en mí, en cada lágrima, en cada minuto…

Yo sé que estás escondido a mi sendero,
oculto a mis nubes,
eterno en la dicha de mirarte.

Yo, sé que estás.

Y yo que no quise el mundo en una vuelta
ni la puta vena que respira el olvido,
la caminata parda del espejo que araña,
tus ojos mirando a través del destino.

Respirar para tenerte
divagar en lo absurdo.
Un amor fabricado
dolor genético y de plomo,
una vereda al destierro
cuatro mosqueteros jadeando en la calle.

Yo que desperdicié mis sueños en tu arena mansa
y pernocté en la soledad de perderte
por una pista extraviada en la tormenta:
vomitivo miedo al verte en la calle.

Yo que ahora soy de crudas y fantasmas
que vuelvo el paso para valerme del error
me bebo de un sorbo tu desprecio
y culmino ebria de distancia.

Ahora yo te arrodillaré de un soplo
desnudaré tu impío cuartel
y sembraré avellanas en tus manos.

Una congoja más, a la hora de dejarte.

Yo te busco,
en cada atisbo de su sonrisa,
sedienta de hallarte en sus ojos,
en sus manos unidas a las mías.

Te busco en los suspiros,
entre parpadeo y parpadeo,
por las lágrimas, por si acaso,
por cada minuto que desnudo mi cordura.

Entonces te busco
imaginándote en sus pasos,
encontrando en la punta de las palabras
una explanada de tu paso.

Y vuelvo a buscarte,
cuando los besos se hacen tu boca
y la persiana de pestañas, cae,
busco un ápice de tu rincón.

Y nunca te encuentro.

Aunque las migajas se parezcan al camino
y se embriaguen las mariposas rozagantes
en cada partícula de tu perfil de febrero.

Y nunca te busco,
en las calles negras que hilvanadas por el viento
me dejan a la deriva cuando no vuelvo a mezquinarte
enceguecida de tu ausencia,
entorpecida de dolor.

Te busco para que me devuelvas mi mitad,
mis deseos opacados por la distancia,
las ganas de fumar en el sol, en tu abrazo.

Te busco porque para encontrarte
debería perder tu paso,
perderte sin buscarte,
Y encontrarte sin tenerte.

A tus sueños muertos:

A las franciscanas de engrudo:
al mismo tabaco.

Al sorbete de tu champagne;
a los rombos de viernes en tu pecho.

A las lengüetas rojas,
a los tres desinflados
y tu sombra en la almohada.

A tus ojos negros
y el mechón de soslayo
sobre la argolla de espejos.

A tu visa al mundo en dos décadas
y el manto sagrado de la sandía azul.

A tus dedos tras la nuca.

A la nuez cítrica del campo minado:
al reposo.

A la máscara diurna de la arruga falsa,
y la víspera negra de veinte quilates.

A la máquina del tiempo
y la media sombra,
a la visera turbia de marrón argumento.

A todos extraño.

A todos extraño, menos a vos.

Sumiso despertar bajo tus labios,
¿Recuerdas las palabras límpidas
tu mirada en mi víspera?
A mí, para mí,
el alma en etiquetas ilegales,
púrpuras en el acuario,
en tu antojo de madrugada,
de corrida suelta al papiro nuevo.

Vuelve a sembrarme tus besos,
tus calandrias perfumadas,
el cordón de flemas rojas,
un flamenco en tus rodillas.

Despierta bajo mis ojos,
para rematar tu vuelta al mundo,
tus hombros almendrados,
tus labios delgados y presuntuosos.

Cobija en mi cintura, tus suspiros;
a media luz, el medio amor,
el acierto fósforo de la ansiedad,
una hoguera húmeda bajo la espalda.

Recoge mis hoyuelos de tu cuello,
y dale a la entrada, aquel motivo,
ciegas las mañanas de noviembre,
armonizan el escándalo casero.

Pliega tu nombre en siete centímetros,
argumentos acompañados de almohadas,
lo que ha sido, no regrese,
y pueble el alma, tu inquietud.

Yo transito la orilla ajena
de tus pestañas crudas.

Irrumpo insolente en tus ojos
y cicatrizo el olvido de noviembre.

La misma vereda condena el rezago,
y un beso de tu boca puede más
que cien ausencias letales.

Rescato del alba los fantasmas perdidos
tu mirada abierta en la vidriera
y el alma en los tobillos.

A la par, la invencible necesidad
vuelve a toparnos en la vereda
y esto que debías ser amor
se mece en una silla de purgatorio.

El desafío culmina como recompensa.

Algo más que olvido añeja el aire,
mientras se caen las luces de los árboles.

Decís que el invierno tiene mi sello.
el aroma cautivador del próximo encuentro
nuestras manos enlazadas bajo la mesa.

Decís que la nostalgia es un país absurdo,
una forma clandestina de amarrarnos al credo,
la estúpida dicha de alegrarnos en la muerte.

Yo miro tu escalera al cielo,
palpito arraigada a tu mismo camino,
mientras el ángel de los bolsillos, vuelve.

Otra vez mayo se asoma en el río.

Menosprecio la visa al destierro
y descubro el nido del destino.

Yo quisiera saber tu nombre.

Han sido pocas las manos,
la paciencia discontinua,
las hilachas del pasado.

La hojarasca mal ubicada
agrieta la luna escondida,
desenmascara tu silencio,
obra en virtud de tu paso.

La vereda gris remarca el paso,
desnuda la mentira:
no mentira entre tus brazos,
insolente quietud,
lágrimas trilladas.

Una migaja de tus besos,
posados en mis manos,
dormidos en mi boca,
resucitan a la par de la luz,
y vos,
vos,
vos,
tu nombre se funde en un eclipse,
lo llevo en cada retorno,
lo arrojo al nivel del río,
y nunca.

Unas trémulas gotas de distancia,
se vuelven claveles al viento,
más de días, más de noches,
más de nada.

Y pintará su alma en el olvido
que acaso los besos teñidos de tabaco
terminan esfumándose en el rocío.

La suma supera al estrado,
un coro angelical de palabras muertas
y lo que una vez no fuimos,
boicotea la corriente vespertina.

Varias noches se agolpan en el pecho,
el de las pupilas de mayo, vuelve.

Benditos sean los recuerdos nuevos,
bendita sea el alma que toma de mi mano.

Aún cuando más duele la bohemia venganza,
yo escribo su mirada paulatina,
la insistencia añeja de vendernos al destino,
lo poco en mucho que dejó la caminata.

Tan fuerte como el Fénix renace de sus muertes,
una corona de tiempo,
el enemigo calmo de la nueva era.

Aún sabiéndolo lejos,
garabateo su paso,
recuerdo a mordidas el abandono
y permanezco en sus cuentas.

Aún después de escribirle.

Yo empezaba a amarle justo enfrente de sus miedos,
cuando en un instante se prendió a mis manos.