
Yo.
Ese era el nombre subjetivo de tu presente,
cuando se apiñaba en mis brazos,
y despedazaba el amanecer.
Yo te amaba, sin prejuicios latentes,
errabundeaba los días,
lejos de las divinidades
volvía a mecerme en tus pupilas
y el resfriado me traicionaba los ojos.
Volaba en el fétido viento de invierno
tu despertar morado,
tras las hendijas de la persiana plástica,
el respirar inconsciente en algún sueño,
la promesa de ser el destino más rebelde
y los días expiraban sin tener ni un mísero ademán de adiós.
Me amaste sin quererme,
y al caer el antifaz, me viste desnuda,
éramos sólo yo y mi cuerpo ajetreado.
Una fantasía a la musa del antojo,
cuando pretendí gastarte.
Se agrietaba el labio congelado de ausencia,
repetía mi memoria:
no deberías ser yo,
este amor,
ese amor,
aquel amor.
Se mareaba en la distancia al intentar rememorarlo,
porque la hora del olvido, no era más que ésta.
Lejos de mi sendero,
has desanudado el misterio,
este misterio,
ese misterio,
aquel amor.
Los cuervos se acercan a mi cadáver;
parte de desplazar la cornisa, es ahora, retenerte.
Partiendo del Indicativo,
pasarías a ser otra cosa amorfa,
encadenada al subjuntivo,
pero si pudiera, realmente te amaría.
No.
Esa no debería ser yo.
Te amé, acaso en ese momento,
al confundirte en sus palabras,
cual palomas mensajeras me alumbraban noticias
y él, se extirpaba los ojos cada viernes,
sólo porque yo,
yo, no debería serlo.
Y de manera insólita venían los tiempos,
acá, estábamos vos y mi soledad,
allá, la no persona de una ausencia.
Y yo ni deseaba que estuviera aquí.
Se subastan los pronombres,
deberías repetir de tu amor,
para que no decline lo pasado:
Yo te amo, cada tres segundos,
son, veinte veces al minuto,
mil doscientas veces por hora,
veinte mil ochocientas veces al día,
y nunca sería pretérito.
Moriríamos de hambre,
las pulsiones se esconderían en la falda del yo,
todo sería sensato y preclaro.
¡Necio sentimiento!
Dejaste en el Nóstos de la cruenta vida
al hombre que me ha enseñado que lo era.
No hay garantes de sequía,
se ha despilfarrado el ego
y la deixis inédita de un avaro amor.
Simbólicamente, el amor cortés te desciende a vasallo,
mientras Romeo, mudo y afeminado,
me sacude con un mensaje de texto.
Encadeno a la libido en el puente que da a Victoria,
(no merezco engalanarme con Virgilio)
cuento morfemas donde aún estás mostrándome las manos
y le digo neurosis,
a la plausible necesidad de espiar tu corazón.





































